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Los cronistas no usan corbatas

Posted in Comentario por webadentro en febrero 27, 2008

 José Alejandro Rodríguez    joseale@enet.cu

croc.jpgCada año ciertos cronistas se encuentran en la hermosa ciudad de Cienfuegos, para preguntarse entre todos cómo anda la crónica; si morirá irremisiblemente de contaminaciones melifluas, de ingesta de cursilería,  del virus del didactismo o del sarampión de la barricada consignista, tan vasta y basta en muchas redacciones.

   Ya estamos a punto de hacer un manifiesto para vindicar la singularidad y sutileza de ese, el más humano de los géneros periodísticos; de oponernos a esa sobadera con que se le trata e irrespeta; de declararles la guerra a esas maquiladoras de ridículas y primarias emociones -más bien ¿eh?,
¿mociones?- en nombre de esa delicia narrativa.

   La crónica nace de vez en vez, raramente; algo así como la cópula anual de los cocodrilos, que ese día estremece los pantanos. Pero en las redacciones hay quienes se empeñan en parirlas con prodigalidad de curieles, mientras algunos editores las planifican y encargan como a cajitas de congrí
y bistec a 25 pesos. Las solicitan por serie, y hasta acreditan para la crónica, como si hubiera credencial para emocionarse y conmover.

   Y ahí van esos escribanos a premeditar cerebralmente la crónica. O más bien la “croác-nica”. Sí, porque lo que hacen es croar. Y si no brota, le aplican fórceps mentales a cualquier motivo de la realidad, por obvio y rutinario que sea. Porque su torpeza les hace creer que cualquiera escribe
una crónica, y no se requiere para ello de una sensibilidad muy especial, cultura, estilo muy personal y gracia, ese estado de gracia que el profesor Juan Carlos Gil González, de la Universidad de Sevilla, denomina como “el artificio de la deleitación”, o “el saboreo de las palabras”.

   Ya a estas alturas o bajíos de la vida, me he topado con cada distorsión en torno a ese difícil género que el gran cronista argentino Martín Caparrós califica como “un lujo narrativo”. Ya estoy curado de espanto con ciertos disparates que alguien muy agudo acuñara como “lirismo agropecuario”, para
calificar esos arrestos emotivos en torno a una tarima con chorizos y grasientos lomos de cerdo, por ejemplo. ¿Y qué me dicen de las catarsis “poéticas” en torno a rutinarias reuniones, balances, informes administrativos y otras contingencias burocráticas? ¿Cómo se podrá hacer la
crónica de un control y ayuda o el balance de un ministerio?
¿Y adónde van a llegar los ungidos de la grandielocuencia, con arrebatos, venas a reventarse y síncopes que pretenden trasuntar los latidos del país y del mundo, cuando el misterio y el encanto de la vida está casi siempre en un hombre común, en una esquina o un perdido rincón por un atajo, en un
pequeño y curioso detalle?

   Los auténticos cronistas no viven de la crónica, y hacen otros mil malabares en el periodismo, por cada privilegio de contar una historia insólita desde el prisma de la sensorialidad y la emoción, desde la mirada propia. Es un género súbito, pero tan auténtico y personal, tan sutil, que no admite estandarizaciones ni mimesis; no resiste fórceps ni usurpaciones y engaños. El tufo se le siente a cada engendro…

   Los cronistas de ADN, cuasi genéticos, no se creen cosas ni mucho menos.  

Van por el mundo deslumbrándose, asombrados, observándolo todo y sintiéndose polvo en el viento que llegue a cada quien. No miran por encima del hombro.

   No se creen ombligos ni aspiran al poder y el mando. No hablan desde una atalaya, ni parapetados tras muros de prejuicios. No regañan ni sientan cátedra. Buscan los raros tesoros de la vida, distinguen las luces y las sombras de la realidad, por los callejones y no por las grandes autopistas.
Susurran, no gritan. Confiesan al oído, no declaman. Están en el barrio, la cañada, entre la multitud. No se mueren de envidia por los grandes salones, ni usan corbatas ni portafolios. Llevan su verdad en cueros y con las manos en los bolsillos del alma, ansiosos de belleza y justicia.

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